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La Teología Federal o como también se le ha llamado, la Médula de la Divinidad, se refiere a aquella forma de interpretación bíblica por medio de pactos, o aquella que ve la Biblia como la revelación de un Dios trino que se relaciona por medio de pactos con la humanidad.

A lo largo de la historia de la iglesia ésta había sido la manera de interpretar la teología bíblica, sin embargo, en la Edad Media la Iglesia Católica Romana la había torcido. Y fue la Reforma Protestante la que trajo consigo su redescubrimiento.

Y los Bautistas Particulares del siglo XVII lucharon por el federalismo bíblico enseñando que éste era la forma más consistente de interpretar las Escrituras.

Es nuestro federalismo lo que nos caracteriza como Bautistas Reformados y es también lo que nos separa de nuestros hermanos presbiterianos y de nuestros hermanos bautistas dispensacionalistas.

¿Quién es el verdadero pueblo de Dios? ¿Está ese pueblo conformado sólo por creyentes, o está compuesto de los creyentes y sus hijos? La respuesta a esas preguntas acerca de la continuidad y discontinuidad y la unidad y diversidad de las Escrituras es lo que nos hace Bautistas Reformados.

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Los dispensacionalistas, como se muestra en el cuadro, tienden a insistir en la discontinuidad entre el Antiguo y el Nuevo pacto. Este sistema teológico enseña que Dios tiene dos pueblos distintos, Israel y la Iglesia, un pueblo físico y un pueblo espiritual. 

Además, según ellos, Dios tiene dos objetivos distintos, uno con respecto a la nación de Israel y otro referente a la Iglesia. Dios había escogido a Israel en el Antiguo Testamento para bendecirlo y hacer de él una gran nación, sin embargo, este propósito falló. 

Dios, entonces, se enfocó en la Iglesia, el pueblo espiritual, al cual está edificando hasta su consumación. Una vez que esto haya ocurrido Él se volverá de nuevo a Israel para cumplir las promesas físicas que le había hecho a Abraham y a David. 

Es por ello que los Cristianos Sionistas creen que uno de los propósitos de la Iglesia debe ser ayudar a la nación de Israel a reconstruir su templo y poseer la tierra de Palestina. 

Los presbiterianos, por el otro lado, tienden a insistir en la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo pacto. Para ellos existe una continuidad entre los hijos físicos de Abraham en el Antiguo Testamento y sus hijos espirituales en el Nuevo. 

Pero, ¿cómo llegan a estas conclusiones? Bueno, afirmando que el Antiguo pacto y el Nuevo eran tan sólo una diferente administración del mismo pacto de gracia. La razón por la cual ellos incluyen a los infantes como miembros del Nuevo Pacto es precisamente porque creen que el pacto de gracia fue hecho en las Escrituras, según ellos, entre Dios y los creyentes y sus hijos.

El error presbiteriano y dispensacionalista está en hacer de la descendencia física, ya sea el judío incrédulo como el niño incrédulo del creyente, parte del verdadero pueblo de Dios. 

Como lo muestra el cuadro, nosotros como Bautistas Reformados insistimos en una unidad y una discontinuidad claras entre el Antiguo pacto y el Nuevo. 

Nuestro federalismo no mira a los diferentes pactos bíblicos del Antiguo Testamento como administraciones del pacto de gracia, sino como la progresión de distintos arreglos hechos por Dios con los hombres con el fin de servir, tipificar y finalmente establecer el pacto de gracia en la obra de Cristo.

I. DEFINICIÓN

Entonces, primero que todo debemos definir algunos términos importantes para poder comprender el federalismo bíblico. Y lo primero que debemos comprender es, ¿qué es un pacto?

Bueno, existen diversas definiciones dadas por múltiples teólogos reformados. Meredith G. Kline, académico reformado presbiteriano, lo definió como, “una relación bajo sanciones.” [1]

La manera en que los Bautistas Reformados han entendido la enseñanza bíblica con respecto a los pactos ha llevado a la siguiente definición de pacto, “un arreglo dado soberanamente por Dios, con estipulaciones o sanciones, por medio del cual el hombre puede ser bendecido.” [2]

Y esa es la manera en la que vemos consistentemente a Dios pactando en las Escrituras. Ahora, existen dos tipos de pactos en la Biblia: 

  • Pactos basados en el principio del mérito: En estos pactos las bendiciones dependen del cumplimiento por parte del siervo de las estipulaciones dadas por Dios. La obediencia traía bendición, y la desobediencia, el castigo.
  • Pactos basados en el principio de gracia: En estos pactos la relación entre el hombre y Dios se basan en lo que Él desea darle al hombre sin basarse en sus méritos.

El otro concepto que debemos definir es el de cabeza federal. La cabeza federal de un pacto es aquel con quien Dios hace el pacto y quien representa a todos los que están relacionados a él por descendencia. Adán, como veremos, fue la cabeza federal del pacto Adánico; Abraham, la cabeza del pacto Abrahámico; David la del pacto Davídico; y Jesús, el representante del Nuevo Pacto.

II. PACTOS BÍBLICOS

Cuando leemos la Biblia y la intentamos interpretar consistentemente podemos llegar a distinguir tres pactos divinos o tres arreglos hechos por Dios con el fin de bendecir a los hombres: Pactum Salutis; el Pactum ad Opera; y el Pactum Gratis, como los llamaron los reformadores.[3]

Ahora, debemos tener claro que en ningún lugar la Biblia usa estos términos (i. el Pacto de Gracia; o Pacto de Redención, etc.). Sin embargo, el hecho de que no se encuentren en las Escrituras no quiere decir que su enseñanza no esté presente en ella. 

Por ejemplo, la Biblia nunca usa el término “trinidad,” y esta es una de las verdades acerca de Dios que nos hacen cristianos bíblicos. El término es simplemente una sistematización de la enseñanza consistente de la Biblia con respecto a la deidad.

Bueno, lo mismo ocurre con la teología federal. El hecho de que la Biblia no emplee esos términos no le resta a la verdad que está enseñada en ella acerca de la manera en que Dios se ha relacionado con los hombres a lo largo de la historia humana, esto es, por medio de pactos, distintos unos de otros, pero conformando una unidad en la revelación del plan divino de redención.

A. PACTO DE LA REDENCIÓN

Este pacto se refiere al acuerdo hecho antes de la fundación del mundo, en el espacio atemporal, por los miembros de la Trinidad con el fin de salvar pecadores por gracia. Este es el primero de los pactos o la fundación de los demás, y ha sido llamado por muchos “el más grande de todos los pactos de Dios.” [4]

Sin embargo, éste no es el que aparece primero en la Escritura, pero es inferido de la enseñanza consistente de toda la Biblia. Por ejemplo, en el Salmo 2:6-8 leemos lo siguiente,

“Pero Yo he puesto mi Rey sobre Sion, mi santo monte. Yo publicaré el decreto; Jehová me ha dicho: Mi Hijo eres tú; Yo te engendré hoy. Pídeme, y te daré por herencia las naciones, Y como posesión tuya los confines de la tierra.”

Lo que tenemos aquí es una conversación que David, inspirado por el Espíritu Santo, registra entre Dios el Padre y Dios el Hijo en la eternidad, en la cual hay un pacto hecho por el Padre al Hijo de que Éste sería resucitado luego de que fuera muerto por manos de “las gentes” [5] y entronado como Redentor. 

En Isaías 42:5-7 el profeta dice,

Así dice Jehová Dios, Creador de los cielos, y el que los despliega; el que extiende la tierra y sus productos; el que da aliento al pueblo que mora sobre ella, y espíritu a los que por ella andan: Yo Jehová te he llamado en justicia, y te sostendré por la mano; te guardaré y te pondré por pacto al pueblo, por luz de las naciones, para que abras los ojos de los ciegos, para que saques de la cárcel a los presos, y de casas de prisión a los que moran en tinieblas.

Aquí, nuevamente tenemos registrada otra conversación entre el Padre y el Hijo, la cual puede ocurrir solamente en la eternidad y en la que el Padre promete dar al Hijo para redimir al pueblo. 

Pero, en el Nuevo Testamento también tenemos pistas acerca de este pacto. En Juan 6 el Señor Jesús dijo,

Todo lo que el Padre me da, vendrá a Mí; y al que a Mí viene, no le echo fuera. Porque he descendido del cielo, no para hacer Mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero. [6]

A los fariseos les dijo en Juan 10: 29, “Mi Padre que me las dio [las ovejas], es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.” En Su oración sacerdotal en Juan 17:9 le pide al Padre, “Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son.”

Ahora, la pregunta es la siguiente: ¿Cuándo fue que el Padre le dio un pueblo al Hijo? ¿Cuándo fue que el Padre comisionó a Su Hijo para la redención? Bueno, Pablo contesta esa pregunta en su epístola a los Efesios diciendo, 

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en Él antes de la fundación del mundo. [7]

Y el apóstol Pedro afirma lo mismo con respecto a este pacto en 1 Pedro 1:19-20,

sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros.

El estudio cuidadoso de la Biblia, como decía A. W. Pink, nos obliga a concluir y confirmar la existencia de un pacto eterno entre Dios el Padre y Dios el Hijo en el cual acordaron bendecir a la humanidad con la redención hecha en Cristo Jesús, por gracia, como vimos, y ejecutado en el tiempo por el Espíritu Santo.

En este pacto, como bien lo aclara Blackburn,[8] el Padre requirió del Hijo dos cosas: primero, que asumiera una naturaleza humana pero sin pecado; y segundo, que el Hijo se pusiera bajo la Ley para pagar la pena del pecado por medio de Su muerte con el fin de ganar la vida eterna y la justificación de aquellos que el Padre había escogido en la eternidad. 

Pero, también en este pacto el Padre le promete al Hijo, primero, ungirlo y asistirlo con el Espíritu Santo; segundo, apoyar la obra de Su Hijo; tercero, guardarlo del poder de la muerte y sentarlo a Su diestra; y cuarto, enviar al Espíritu Santo para terminar la obra edificando a la iglesia. 

La recompensa del Hijo según la enseñanza bíblica del pacto de la redención fue: primero, la preservación de los elegidos; y segundo, un pueblo de toda raza, lengua y nación. 

Lo que nos revela este pacto y la Biblia entera es que la salvación no es un plan B de Dios, sino como dice Blackburn, “un plan cuidadosamente diseñado por Dios en la eternidad para salvar pecadores.” [9]

B. PACTO DE OBRAS

Cuando Dios creó el universo lo hizo pensando en el bien del hombre. A él le dio tres ordenanzas: el día de reposo, el trabajo, y el matrimonio. Y con Adán Dios hizo un pacto inicial de obras. 

Adán siendo perfecto, sin necesidad de ser redimido, pero mutable, es decir, con la capacidad de pecar, estaba en un pacto de obras (méritos) en donde se le exigía cuidar del huerto y no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal. Además, él sería la cabeza federal o el representante de toda su descendencia, es decir, de toda la raza humana.

Si Adán obedecía hubiera ganado la vida eterna para él y esta descendencia que él representaba, pero si desobedecía lo haría bajo pena de muerte para él y sus representados (Génesis 2: 7-17). 

Y lo que Génesis 2 y 3 nos muestran es que Adán falló y rompió ese pacto inicial. El hombre desobedeció y la maldición del pacto vino sobre él y su posteridad, y como afirma Pablo en Romanos 5:12, “así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.” [10] Esta es la doctrina del pecado original; es la realidad de que por causa de nuestra relación con Adán todos los hombres nacemos bajo el pacto de obras y bajo su condenación. Como dijo el profeta Oseas,

Más ellos, cual Adán, traspasaron el pacto; allí prevaricaron contra mí. [11]

Cada persona que nace, por su relación con Adán, es un pecador, un criminal, pues en él ha violado en pacto de obras. Por lo tanto, cada hombre está aún, por nacimiento, o como dice Pablo, “por naturaleza,” [12] bajo las obligaciones y maldiciones del mismo. 

El hombre, ahora, estaba en la necesidad de un Salvador, de otro que le sirviera de representante.

C. PACTO DE GRACIA

El pacto de gracia es el desarrollo histórico o temporal del pacto de la redención. 

A diferencia de los paidobautistas, como vimos antes, nuestra teología federal ve este pacto de gracia desarrollándose en el tiempo por medio de diferentes pactos, distintos entre sí, pero que juntos van revelando progresivamente el trato de Dios con pecadores, preparando el camino para el cumplimiento del pacto de gracia en el Nuevo Pacto. 

Nuestra confesión dice,

Este pacto se revela en el evangelio; en primer lugar a Adán en la promesa de salvación a través de la simiente de la mujer, y luego mediante pasos adicionales hasta completarse su plena revelación en el Nuevo Testamento… [13]

Estos diferentes pactos en el Antiguo Testamento, entonces, no son diferentes administraciones del mismo pacto de gracia -ciertamente hay gracia de parte de Dios involucrados en cada uno de ellos- sino que son diferentes arreglos que son revelados progresivamente con el fin de servir como sombras hasta el cumplimiento y establecimiento del pacto de gracia en el Nuevo Pacto. 

La unidad que vemos en ellos es que cada uno de estos diferentes pactos forman parte de la revelación del plan divino de redención.

Ahora, este pacto de gracia fue hecho, entonces, entre Dios y Cristo y los elegidos en Él. Pero, ¿cuáles son, entonces, estos diferentes pactos que revelaban progresivamente este pacto de gracia?

1. EL PACTO ADÁNICO O EDÉNICO

Luego de la caída de Adán en Génesis 3, Dios va a su encuentro con el fin de confrontarlos por su desobediencia.

Lo primero que hace Dios es maldecir a la serpiente, pero en medio de esa maldición, Dios manifiesta Su gracia hacia Adán y Eva. Y lo hace prometiendo una simiente, un varón que vendría de la mujer, que destruiría a la serpiente, pero que experimentaría el castigo en sustitución de Adán y Eva. Dios, predicando el evangelio en Edén dijo,

Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar. [14]

Y luego Dios sacrifica un animal para expiar el pecado de Adán y Eva. Pero, ¿qué requería Dios del hombre en este pacto? Fe. Adán y Eva debían creer esa promesa hecha por Dios de un Redentor que saldría de la mujer.

Esta simiente prometida es, entonces, el inicio en esa progresión del pacto de gracia.

2. PACTO NOÉICO

El libro de Génesis nos muestra que muy pronto la humanidad se iba haciendo cada vez más perversa. Génesis 6:5 dice, “Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal.” 

Dios, entonces, hace un pacto con Noé en el cual Dios promete, después de haber matado a toda la humanidad por causa de su maldad, no exterminar más a la humanidad ni al resto de la creación por medio de un diluvio. [15]

¿Cuál era el fin de este pacto? La promesa de Dios a Noé era que Él mantendría un mundo estable, con el propósito de que el plan de redención progresara, teniendo un lugar para la venida de la simiente prometida a Adán y Eva. 

¿Qué se requería de Noé? Fe. Él debía creer esta promesa de Dios para ser salvo.

¿Cuál fue el signo del pacto? El arco iris. Ese signo en el cielo nos recuerda a los creyentes la fidelidad de Dios de que Él no volvió a destruir el mundo a pesar de nuestra creciente maldad, con el fin de traer a Cristo para cumplir el pacto eterno de redención. El mundo, entonces, permanecerá hasta la consumación del Nuevo Pacto en nuestra glorificación y en la de toda la creación.

3. PACTO ABRAHÁMICO

Progresando en la revelación del pacto de gracia Dios hace otro pacto. Este no es el pacto de gracia, como creen los presbiterianos, sino un pacto dentro de la progresión del pacto de Gracia. 

Dios, con el fin de salvar pecadores por gracia, le prometió a Adán y a Eva una simiente, luego prometió mantener un mundo estable para que esa simiente pudiera venir, y más adelante en la historia de la humanidad llamó a un pagano, un idólatra cananeo llamado Abram, y hace un pacto con él [16] en donde le prometió por gracia:

  1. Una gran descendencia (Génesis 17:2-6).
  2. Un linaje de reyes (Génesis 17:6).
  3. Ser su Dios y el de su descendencia (Génesis 17:7).
  4. La tierra de Canaán (Génesis 17:8).
  5. Una simiente particular por medio de la cual Dios bendeciría a las naciones (Gálatas 3:16).

¿Cuál era el signo de ese pacto? La circuncisión. ¿Qué requería Dios de Abraham? Fe. Abraham debía creer en esa promesa divina para apropiarse de las bendiciones del pacto.

Y lo que la Biblia nos muestra es que Abraham creyó las promesas del evangelio encontradas en ese pacto. Y él como cabeza federal de su descendencia por su fe obtuvo las bendiciones prometidas por Dios para ellos. 

Sin embargo, el Nuevo Testamento nos muestra que los santos del Antiguo Testamento, incluyendo a Abraham, entendieron esas promesas como algo mucho mayor. 

Hebreos 11:10 afirma que la promesa de una tierra a Abraham era algo mucho mayor que la tierra de Palestina. Abraham no esperaba una tierra física, sino, “la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios.”

Además, Gálatas 3:8 nos muestra que la promesa que creyó Abraham fue el evangelio. Él creyó, afirma Pablo, las buenas nuevas de la justificación por medio de la fe en Jesucristo, esa simiente particular que descendería de él, de su pueblo, para bendecir a las naciones.

4. PACTO MOSAICO

El próximo paso en la progresión de la revelación del pacto de Gracia ocurre en el monte Sinaí, en donde Dios le da Su ley al pueblo de Israel con el fin de establecerlo como una nación de la cual provendría el Mesías prometido. Fue, entonces, un pacto hecho por Dios con Israel. 

Esta ley incluía más que los diez mandamientos. Lo que Dios le da a Moisés es una lista completa de preceptos y prohibiciones que formaban las leyes morales, ceremoniales, y civiles de Israel, y que encontramos en el Pentateuco. 

Este es un pacto basado en el principio de mérito. Es decir, el pueblo de Israel debía obedecer para obtener las bendiciones, y si desobedecían serían castigados. Y lo que Dios le prometía al pueblo era mantenerse en la tierra prometida si obedecían, de lo contrario serían expulsados. 

Israel, entonces, estaba bajo el pacto Abrahámico y el pacto Mosaico al mismo tiempo. Es decir, un principio de mérito es impuesto sobre un principio de gracia. 

¿Cómo funciona esto? Bueno, un israelita descendiente de Abraham tenía el derecho a la tierra prometida y a ser gobernado por su rey, pero por estar en el pacto Mosaico, ese israelita debía merecerlo; es decir, debía obedecer para mantenerse en la tierra. Israel estaba en la tierra por gracia, pero se mantenían ahí por obras.

¿No es esto lo que vemos en el libro de los jueces? Ellos desobedecían y eran derrotados o sometidos por sus enemigos. Pero, cuando obedecían eran libertados de sus opresores y se mantenían en la tierra, gozando de las bendiciones del pacto Abrahámico.

Sin embargo, Dios también hizo este pacto con el fin de restringir la maldad, condenar el pecado, y mostrarle a Israel su necesidad de la fe de Abraham en la promesa específica de Dios, que estaba tipificada en el sistema sacrificial dado a Israel.

Este pacto serviría, además, para mantener una simiente o un remanente con una religión pura hasta la venida del Mesías prometido. 

Sin embargo, fue por causa de la violación por parte de Israel del pacto Mosaico que fueron expulsados y estuvieron en cautiverio, sino que también fue la razón por la cual como nación fueron destruidos por Dios en el año 70 d.C. Ellos rechazaron al Mesías y Dios los rechazó a ellos.

5. PACTO DAVÍDICO

De nuevo, este es un paso más en la progresión de la revelación del pacto de gracia. Dios prometió un varón que vendría de la mujer; un mundo estable para que se encarnara; escogió a un hombre para ser el padre de una nación de la cual vendría el Mesías, pero le prometió también un linaje de reyes.

Por medio de Jacob, Dios le reveló a Su pueblo que ese linaje de reyes vendría de Judá,

No será quitado el cetro de Judá, ni el legislador de entre sus pies, hasta que venga Siloh; y a Él se congregarán los pueblos. [17]

Y este pacto es el cumplimiento de esa promesa hecha años atrás a Abraham. Y se trata de un pacto hecho por Dios con David –él es la cabeza federal de este pacto– en el cual Dios le promete establecer su reino y el de su descendencia para siempre.[18]

Sin embargo, este pacto enfocaba el pacto Mosaico sobre una persona: el rey. Es decir, las bendiciones o maldiciones de Dios vendrían al pueblo de Israel dependiendo de la obediencia o desobediencia del rey de Israel. 

Esto lo vemos, por ejemplo, cuando David censa al pueblo, pecando contra Jehová. Y Dios castiga el pecado del rey enviando una peste y matando a setenta mil hombres. David le pregunta a Dios,

¿no soy yo el que hizo contar el pueblo? Yo mismo soy el que pequé, y ciertamente he hecho mal; pero estas ovejas, ¿qué han hecho? Jehová Dios mío, sea ahora tu mano contra mí, y contra la casa de mi padre, y no venga la peste sobre tu pueblo. [19]

Dios le ordena a David construirle un altar y por su obediencia Dios se vuelve de su castigo y retira la peste de mortandad que estaba afectando a Israel.

Es por eso que leemos también en los cronistas, “Y tal rey hizo lo bueno o lo malo delante de los ojos de Jehová…”

Israel o Judá eran bendecidos o castigados dependiendo de la obediencia o desobediencia de su rey. A él se le requería cuidad la tierra de los paganos, proteger la adoración a Dios. Pero, si no lo hacían eran castigados, él y su pueblo.

Ahora, ¿cuál era el fin de este pacto? ¿Cuál era el fin del rey como cabeza federal de su pueblo? Bueno, que viendo Israel la maldad de sus reyes y el castigo que recibían de parte de Dios por ello, esperaran un rey que los gobernara en justicia, que los libertara de sus enemigos y que cumpliera la ley perfectamente, pues sólo así no serían castigados.

El pacto Davídico, como progresión en la revelación del pacto de gracia, volvía los ojos del pueblo hacia el futuro. Ellos habían sido entregados por Dios al cautiverio por causa del pecado de sus reyes, sus representantes. Luego, volvieron a su tierra, pero ya no eran gobernados por uno de sus reyes, sino que eran gobernados por paganos. ¡Todo estaba mal! ¿Qué había pasado con el pacto hecho por Dios a David? ¿Dónde estaba ese rey que se sentaría en el trono de David por la eternidad?

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Bueno, es esa misma progresión la que nos lleva a responder esa pregunta. ¿Cómo? Por la revelación del cumplimiento del pacto de gracia en el Nuevo Pacto.

6. NUEVO PACTO

Este es el cumplimiento del pacto de Gracia que había sido revelado progresivamente por Dios por medio de otros pactos. Se trata de un pacto hecho por Dios con Cristo y los elegidos en Él. Y, además, se trata de un nuevo pacto, es decir, de uno diferente en sustancia y circunstancia. 

Dios, por medio del profeta Jeremías (Cap. 31) le dijo lo siguiente a Su pueblo,

31 He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. 32 No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová. 33 Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. 34 Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado.

Por causa del pecado de Su pueblo, Dios había invalidado el pacto hecho con ellos previamente. Y en ese momento estaba profetizando acerca de un pacto diferente, un nuevo pacto, como lo deja claro el autor de los hebreos cuando dice,

Al decir: Nuevo pacto, ha dado por viejo al primero; y lo que se da por viejo y se envejece, está próximo a desaparecer. [20]

Y este pacto consistía en darle a Su pueblo Su ley en sus corazones; ser su Dios; cada uno le conocería personalmente a Él; y todos serán perdonados por Dios. 

Y ese pacto fue firmado con la sangre de Cristo en favor de Su pueblo, los elegidos en Él. El Señor Jesús dijo, “porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados.”

Pero, debemos entender que se trataba de un pacto nuevo, distinto al antiguo. Y aquí es donde nuestro federalismo ve una discontinuidad con el pacto antiguo. 

El Nuevo Pacto era nuevo, primero, en su administración. Es decir, la manera en la que Dios se relacionaría con los hombres no tenía que ver con sus padres o con lo que ellos hicieran (Jeremías 31:29). Cada uno sería tratado por Dios individualmente.

Segundo, era nuevo en el sentido de que la ley de Dios estaría escrita en los corazones de todos los miembros de ese pacto, es decir, de todos los elegidos en Cristo. Y esto se refiere a la regeneración.

A pesar de que en el Antiguo Pacto esta era una realidad de algunos, no lo era para todos los que pertenecían a Israel. Es decir, a pesar de que Dios había hecho un pacto con Israel, no todos dentro de ese pacto eran regenerados. 

Pues, bien, Dios prometió que en ese nuevo pacto todos sus miembros serían regenerados. 

Tercero, este Nuevo Pacto es inquebrantable. Es decir, bajo el pacto antiguo los miembros del pacto podían apostatar, sin embargo, en el Nuevo Pacto Dios promete que los miembros verdaderos tendrán Su temor en sus corazones “para que no se aparten de Mí.” [21]

Cuarto, todos los miembros de ese pacto conocerán de manera salvadora a Dios. Y esto fue lo que dijo Jesús cuando en su oración sacerdotal dijo, “como le has dado potestad sobre toda carne para que dé vida eterna a todos los que le diste. Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.” [22]

La segunda persona de la Trinidad, entonces, se encarnó, habitó entre los hombres naciendo como judío, sujeto al pacto Abrahámico, Mosaico y Davídico, y mantuvo la ley de Dios a la perfección, tanto externa como internamente, con el fin de representar a Su pueblo como cabeza federal para darles vida eterna. 

En Su sangre compró un reino y un pueblo para ese reino. Y por Su sangre el Padre aceptó Su sacrificio, lo resucitó y lo exaltó a Su diestra, como fue acordado en el Salmo 2 en el Pacto de la redención. 

Este pacto, entonces, es el cumplimiento del pacto de Gracia en toda su extensión, pero que había sido revelado progresivamente por medio de promesas en el Antiguo Testamento.

Y al ser Cristo la cabeza federal del Nuevo Pacto, entonces sólo aquellos que fueron representados por Él pertenecen a ese pacto. ¿Y quiénes son aquellos a los que Cristo representó? Bueno, los elegidos; los que el Padre le entregó en Sus manos para dar Su vida por ellos. 

Por lo tanto, sólo los creyentes pertenecen al Nuevo Pacto, pues sólo ellos tienen a Cristo como su cabeza federal. Y para esto se requiere estar unidos a Él por medio de la fe.[23] Por lo tanto, sólo por medio de la fe puede ser una persona receptora de las bendiciones que vienen adjuntadas al Nuevo Pacto (justificación, santificación, adopción, reconciliación, etc.). 

¿Deben ser los hijos de creyentes considerados miembros de la Iglesia, la comunidad del Nuevo Pacto? El argumento paidobautista es que, así como en el pacto Abrahámico se incluían a los hijos de los descendientes de Abraham dentro del pacto, entonces así mismo deben ser incluidos los hijos de los creyentes.

En el Nuevo Pacto no se entra por un nacimiento físico, ni por tener padres creyentes, pues como afirmó Jeremías, cada persona será tratada por Dios individualmente, es decir, que la fe de los padres no ayudará en nada. Al Nuevo Pacto se entra por nacimiento espiritual, es decir, habiendo nacido de nuevo por medio de la fe. 

Es la regeneración y la justificación lo que hace a una persona un miembro del Nuevo Pacto. Es por eso que consideramos un grave pecado de nuestros hermanos presbiterianos incluir dentro de la membresía de la Iglesia a los hijos de creyentes, pues la Iglesia es el pueblo de Dios, el cual Él compró con Su sangre, a los que pertenecen todas las promesas y bendiciones de Dios.

CONCLUSIÓN

Todos los hombres, entonces, nacen bajo el pacto de obras y por lo tanto al tener como su representante a Adán, todos están bajo pecado, condenados y por naturaleza son hijos de ira.

Sin embargo, en Cristo entra un pecador en el Nuevo Pacto, pues lo tiene a Él como su cabeza federal, Aquel que cumplió perfectamente el pacto de obras, y así se apropia de las bendiciones de Dios, incluyendo la tierra prometida a Abraham –no Palestina, sino los nuevos cielos y nueva tierra, la ciudad cuyo arquitecto es Dios.

Son, entonces, solamente los creyentes del Antiguo y del Nuevo testamento, el verdadero pueblo de Dios. Ni los judíos lo son por descendencia física, como lo quieren hacer pensar los dispensacionalistas, ni los hijos de creyentes, como lo enseñan los presbiterianos. Sólo los creyentes son miembros del Nuevo Pacto al tener a Cristo como su representante federal por medio de la fe.

Escribió Jeffrey D. Johnson,

Solamente Cristo es el cumplimiento de la simiente prometida de la mujer. Solamente Cristo es el cumplimiento del pacto Abrahámico. Solamente Cristo es el cumplimiento del pacto Mosaico. Solamente Cristo es el cumplimiento del pacto Davídico. Por lo tanto, sólo estando espiritualmente unido a Cristo por fe puede una persona (judío, gentil, o hijo de ambos) convertirse en un verdadero miembro de la familia espiritual de Abraham, un heredero de la herencia prometida, y por lo tanto miembro del pacto de gracia. [24]

Soy, entonces, Bautista Reformado, por la consistencia bíblica que existe en el federalismo que profesamos.


Autor: Pastor Eduardo Flores.

Publicado originalmente como:
Nuestro Federalismo I. (Septiembre, 2015)
(http://evangelioprimitivo.blogspot.com/2015/09/por-que-soy-bautista-reformado-10.html)
Nuestro Federalismo II. (Septiembre, 2015)
(http://evangelioprimitivo.blogspot.com.co/2015/09/por-que-soy-bautista-reformado-11.html)

 

NOTAS:


[1] Meredith G. Kline. Law Covenant. Westminster Theological Seminary. http://www.meredithkline.com/files/articles/Law-Covenant.pdf

[2] Walter J. Chantry. The Covenants of Works and of Grace. Convenat Theology. A Baptist Distinctive. Página 91.

[3] Del latín: Pacto de la Redención; Pacto de Obras; y Pacto de Gracia.

[4] Earl M. Blackburn. Convenat Theology. A Baptist Distinctive. Página 25

[5]  Salmo 2:1.

[6] Juan 6:37-39.

[7] Efesios 1:3-4.

[8] Ibíd. Página 29.

[9] Ibíd. Página 30.

[10] Todo este pasaje en Rom. 5:12-21 nos muestran el federalismo de Adán en contra del federalismo de Cristo. Al haber sido Adán el representante de toda su descendencia, todos los hombres mueren, pues todos venimos de él. Pero, al ser Cristo el representante de su descendencia, los creyentes, entonces, en Él todos viven.

[11] Oseas 6:7. La Biblia de las Américas traduce el pasaje así, “Pero ellos, como Adán, han transgredido el pacto; allí me han traicionado.”

[12] Efesios 2:3.

[13] Confesión Bautista de Londres de 1689. Párrafo 7.3.

[14] Génesis 3:15.

[15] Génesis 6:18 y Génesis 9: 1-17.

[16] Génesis 17:1-14.

[17] Gn. 49:10.

[18] 2 Sam. 7:1-29; 1 Cr. 17:1-27.

[19] 1 Cr. 21:17.

[20] Hebreos 8:13. Literalmente dice, “ha hecho obsoleto al primero…”

[21] Jeremías 32:40.

[22] Juan 17:2-3.

[23] Romanos 5:12-21.

[24] Jeffrey D. Johnson. The Kingdom of God.  A Baptist Expression of Covenant and Biblical Theology. Página 30.

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