la responsabilidad de los bautistas reformados con sus hijos - guillermo de lama


Quisiera que este corto artículo pueda tener un propósito doble. El primero es el de animar a los padres creyentes a que cumplan los deberes dados a nosotros por medio de la Palabra de Dios de instruir a nuestros hijos en los caminos del Señor por medio de predicarles el evangelio desde su más tierna edad –ellos también necesitan ser salvados. El segundo, es responder a la pregunta ¿Por qué los Bautistas Reformados no bautizamos a nuestros hijos? Y le he pedido al Señor que me ayude a hacerlo de una forma mansa, humilde y bíblica.

Sin lugar a dudas que, para cualquier padre cristiano, la salvación de sus hijos e hijas es un asunto de suma importancia. Es tanta la importancia espiritual para nosotros, que nuestras débiles oraciones están acompañadas de muchas lágrimas al Señor para que Él conceda la salvación a ellos y los haga parte de Su familia celestial y eterna. Hacemos esto porque entendemos que la salvación es del Señor (Jonás 2:9)

La humanidad está dividida en dos grupos ¿Bajo cuál de ellos nacen nuestros hijos?

Primeramente debemos establecer cuáles son estos dos grupos. Para esto quisiera que vayamos a la Escritura:

Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron. (Rom 5:12)

Este versículo nos habla de Adán, su caída y los efectos universales de su caída. Quisiera citar el comentario del Puritano-Presbiteriano Matthew Henry para que nos explique este versículo y sus implicaciones en toda la humanidad:

Adán peca, su naturaleza se vuelve culpable y corrupta y así pasa a sus hijos. Así todos pecamos en él. La muerte es por el pecado, porque la muerte es la paga del pecado. Entonces entró toda esa miseria que es la suerte debida al pecado: la muerte temporal, espiritual, y eterna. Si Adán no hubiera pecado no hubiera muerto, pero la sentencia de muerte fue dictada como sobre un criminal; pasó a todos los hombres como una enfermedad infecciosa de la que nadie escapa. Como prueba de nuestra unión con Adán, y de nuestra parte en aquella primera transgresión, observa que el pecado prevaleció en el mundo por mucho tiempo antes que se diera la ley de Moisés. (Subrayado y negritas añadidos)

Este comentario es muy valioso, porque nos enseña que 1) todos los seres humanos pecamos con Adán; 2) por ese pecado entra a la humanidad la muerte eterna (espiritual) de la que nadie se escapa (es decir, a todos les llega); y, 3) estamos unidos con Adán y hemos participado en su pecado.

Ahora debemos preguntarnos: ¿Desde cuándo estamos unidos con Adán? Aquí solamente hay dos posibles respuestas: 1) desde nuestro nacimiento; o, 2) desde que cometimos nuestro primer pecado.

Perdón si le parezco muy simplista en la manera en que presento este caso, pero quisiera precisamente eso: explicar de una manera sencilla, clara y comprensible lo que nosotros, los Bautistas Reformados, creemos y practicamos con referencia a nuestros hijos.

También hay otro versículo que me gustaría presentar, y en este vemos a dos protagonistas:

Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. (1 Co. 15:21, 22)

Aquí vemos claramente los dos grupos del que hablé al principio. Ahora se nos habla de Adán –en quien todos mueren; y de Cristo –en quien todos serán vivificados. Aunque el sentido de la Escritura no requiere de mucha exégesis y hermenéutica para comprender su interpretación, quisiera citar nuevamente un comentario del Puritano-Presbiteriano Matthew Henry:

A todos los que por fe se unen a Cristo, por su resurrección se les asegura la propia. Como por el pecado del primer Adán todos los hombres se hicieron mortales, porque todos obtuvieron su misma naturaleza pecaminosa, así, por medio de la resurrección de Cristo todos los que son hechos partícipes del Espíritu, y de la naturaleza espiritual, reviviremos y viviremos por siempre. (Subrayado y negritas añadidos)

Es decir, mientras un ser humano “no esté unido por la fe a Cristo”; entonces permanece “unido con Adán” en su pecado, con la misma naturaleza pecaminosa y la misma condenación espiritual. (Favor notar que Matthew Henry habla de una “unidad por nacimiento con Adán” al comentar sobre nuestro pasaje anterior de Rom 5:12; y en este comentario último habla de una “unidad por fe en Cristo”)

La Teología del Pacto Bautista Reformada, reconoce esto y observa que la Biblia divide a la humanidad en dos grupos: 1) los que están unidos con Adán; y, 2) los que están unidos con Cristo; donde Adán y Cristo son las Cabezas Federales de dos pactos diferentes: Adán es la Cabeza Federal del Pacto de Obras en el Edén; y Cristo es la Cabeza Federal del Pacto de Gracia prometido después de la caída (Gn 3:15) y concluido en la cruz del Calvario.

Adán es representante de todos los seres humanos; Cristo es el representante de los electos.

Ahora, con esta introducción breve y muy concisa de la Teología del Pacto Bautista Reformada, podemos hacernos nuevamente la pregunta: ¿Nacen los hijos de los creyentes unidos en Adán, o nacen unidos en Cristo?

Nosotros creemos que la Biblia nos enseña que los hijos de toda la humanidad, sean estos hijos de creyentes o incrédulos, sean de la raza que sean, sean de la nacionalidad que sean, sean del color que sean; todos nacemos en unión con Adán – separados de Cristo; es decir, nacemos bajo la ira de Dios.

Pablo –teniendo en él la circuncisión– lo explica de ese mismo modo: “… y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás” (Ef 2:3)

Esa palabra “por naturaleza” es muy importante para esta breve exposición. En otros pasajes de las Escrituras ha sido traducido como “por nacimiento” (por naturaleza = por nacimiento) Parafraseando sería: “y éramos por nacimiento hijos de ira, lo mismo que los demás”

Juan Calvino comenta de este versículo –Efesios 2:3– en los siguientes términos:

“Y éramos por naturaleza hijos de ira” Todos los hombres sin excepción, sean judíos o gentiles (Ga 2:15,16) son aquí pronunciados como culpables; hasta que ellos sean redimidos por Cristo; así que, fuera de Cristo, no hay justicia, ni salvación, y, en resumen, no hay excelencia. (Subrayado y negritas añadidos)

Ga 2:15 Nosotros, judíos de nacimiento, y no pecadores de entre los gentiles (Subrayado añadido)

Quitando de nuestros hijos esperanzas falsas

Ya hemos observado que la Biblia nos enseña que todos los seres humanos, nacemos unidos en Adán y separados de Cristo; y que es imposible nacer unido con Adán y unido con Cristo al mismo tiempo.

Sin embargo, sabemos que pueden aparecer en los corazones de los hombres esperanzas que son falsas en cuanto a la salvación de sus almas; de allí que nosotros explicamos a nuestros hijos -con mucho amor y ternura- el estado real de su situación espiritual, y a la vez la necesidad que ellos tienen de Cristo.

Una esperanza falsa que puede surgir en el corazón de nuestros hijos, es que ellos piensen que “por ser hijos de cristianos, tienen una entrada segura al cielo” nosotros les explicamos con palabras sencillas de que en la caída de Adán, ellos también cayeron.

Nosotros les decimos a nuestros hijos –sin dejar de demostrarles amor– que la causa de su condenación no es el haber quebrantado la Ley Moral de Dios (Los Diez Mandamientos); sino que el problema es su propia naturaleza pecadora con la cual nacieron. Ellos necesitan nacer de nuevo, ellos necesitan un nuevo corazón, ellos necesitan algo que ningún hombre, ni ninguna ceremonia, puede suplirles; solamente la gracia de Dios:

Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios. (Jn 1:12, 13)

Otra esperanza falsa que procuramos quitar de sus corazones es que ellos puedan pensar que “por asistir a la iglesia los domingos, por leer la Biblia y conocerla, por portarse bien, por participar de los sacramentos: ya están en pacto con Cristo, o ya se encuentran unidos a Él.” También debemos asegurarnos que ellos no pongan su confianza en ninguna obra humana, ni en buen comportamiento; ellos pueden parecer muy dóciles y tranquilos, pero igual, necesitan la salvación de Cristo:

Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado. (Gal 2:16)

No quiero expandirme mucho en este punto, creo que ya ha quedado claro lo que nosotros como padres cristianos enseñamos –con mucho amor y paciencia- a nuestros hijos.

¿Cómo pueden nuestros hijos estar unidos a Cristo? ¿Cómo entran en el Pacto de Gracia cuya Cabeza Federal es Cristo? ¿Cómo pueden ellos ser de Cristo?

Como ya he mencionado Cristo es la Cabeza Federal del Pacto de Gracia, y todos los que se encuentran unidos a Él –esto es, los electos– son Sus “confederados.”

Nosotros enseñamos a nuestros hijos que, mientras se encuentren unidos con Adán, no pueden estar unidos con Cristo; y mientras no estén unidos a Cristo, sus almas permanecen en muerte.

La Biblia nos habla de una forma muy clara sobre la característica espiritual de aquellos quienes son del Señor, de aquellos quienes han entrado en pacto con Él:

Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él. (Rom. 8:9)

El Señor, en Su inmenso amor y sabiduría, nos ha dejado en Su Palabra lo que todo hombre debe hacer para “separase de Adán” y “unirse a Él”:

Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio. (Mr. 1:14, 15 – Subrayado añadido)

Y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. (Lc. 24:46, 47 – Subrayado añadido)

Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. (Hc. 2:38 – Subrayado añadido)

¿Existe alguna otra manera (sin arrepentimiento ni fe) de entrar en el Pacto inquebrantable de la Gracia de Cristo?

O preguntado de una forma negativa: ¿Puede entrar en Pacto con Cristo una persona que no se ha arrepentido de sus pecados ni haya creído en Él?

Nosotros no bautizamos a nuestros niños, porque ellos nacen en Adán y no en Cristo; porque ellos son por nacimiento hijos de ira, igual que los demás; porque ellos nacen bajo el Pacto de Obras, no bajo el Pacto de Gracia; no los bautizamos porque sus pecados no han sido perdonados, al no haber arrepentimiento de ellos; no los bautizamos porque, al no tener el Espíritu de Cristo, ellos no son de Él.

Nosotros no creemos como nuestros hermanos Presbiterianos quienes igualan al pueblo de Israel del Antiguo Testamento con la Iglesia de Cristo del Nuevo Testamento. El principio que nuestros hermanos afirman es que la nación de Israel del Antiguo Testamento fue la Iglesia de Cristo del Nuevo; entonces, como en la nación de Israel todo varón, hijo de un israelita, era circuncidado, así también en la iglesia del Nuevo Testamento, todo hijo de creyente debe ser bautizado. De esta forma se concluye que Judas Iscariote, el rey Acab y los israelitas adoradores de Baal – todo aquel que era circuncidado– era parte de la “iglesia visible de Cristo.”

Nuestra Teología del Pacto difiere de la de nuestros hermanos Presbiterianos que hace que la Iglesia de Cristo, esté compuesta tanto de personas regeneradas como de personas no-regeneradas.

Nosotros creemos que la circuncisión fue la señal del Pacto Abrahámico (la Biblia lo llama “el pacto de la circuncisión – Hc. 7:8), donde todos los varones estaban dentro del Pacto de la Circuncisión, pero no todos ellos estaban dentro del Pacto de Gracia. Judas el Traidor estaba dentro del Pacto de la Circuncisión, pero no estaba dentro del Pacto de Gracia: fue circuncidado, pero no fue salvo; el malvado rey Acab estaba dentro del Pacto de la Circuncisión, pero no estaba dentro del Pacto de Gracia: fue circuncidado, pero no fue salvo; aquellos que prendían incienso en los lugares altos a Baal estaban dentro del Pacto de la Circuncisión, pero no estaban dentro del Pacto de Gracia: fueron circuncidados, pero no fueron salvos; y así puedo seguir nombrando más y más nombres.

Nosotros creemos que dentro del pueblo de Israel sí había una Iglesia de Cristo, que se había arrepentido de sus pecados y creído en la promesa del Salvador; quienes habían entrado en el Pacto de Gracia por la gracia de Cristo y por medio de la fe. Que ellos, al ser escogidos desde antes de la fundación del mundo – igual que nosotros, habían entrado en el Pacto de Gracia del cual no se puede apostatar, porque la obra del Espíritu Santo así nos asegura en las Manos del Señor.

Nosotros creemos que los Hijos de Abraham son aquellos que son creyentes, no los incrédulos:

Sabed, por tanto, que los que son de fe, éstos son hijos de Abraham. (Ga. 3:7)

Las “Respuestas” a mi Respuesta

Al principio de este cortísimo artículo, dije que el segundo propósito que tenía en mi corazón era responder a la pregunta ¿Por qué los Bautistas Reformados no bautizamos a nuestros hijos?

Agradezco al Señor por haberme permitido conocer en persona a algunos hermanos Presbiterianos (con “P” mayúscula) en quienes se ha manifestado la gracia del Señor, quienes, a pesar de nuestras diferencias en cuanto a la Teología del Pacto, hemos sabido mantener el vínculo del amor al reconocernos como ciudadanos del reino.

Aunque estos principios doctrinales los he conocido, por la gracia de Cristo, hace tiempo atrás; nunca antes había querido escribir sobre ellos debido a la forma salvaje con la que muchos presbiterianos (con “p” minúscula) tratan a mis hermanos Bautistas a causa de nuestra postura bíblica en cuanto a este tema.

Una de las expresiones que ha quedado grabada en mi mente fue la manera en que se le llamó a una persona que creía en el bautismo por inmersión: “ESCORIA ANABAUTISTA” Seguramente que esta persona (incrédula en mi entender) sigue los pasos de sus antepasados quienes llevaban a los ríos a todo aquel que creía en el bautismo por inmersión, para ahogarlos; no sin antes decirles de manera sarcástica: “¿TE GUSTA LA INMERSIÓN?, INMERSIÓN TE VAMOS A DAR.” Siempre me he preguntado si estos hombres, con sus actos, eran seguidores verdaderos del Príncipe de Paz. Mi respuesta es que ellos no lo eran, ni lo son.

También reconozco que hay bautistas con “b” minúscula, quienes descienden al insulto y al sarcasmo para defender sus puntos de vista doctrinales.

Todos ellos están en mis oraciones para que Dios los quite del ministerio, pues enseñan odio a quienes les siguen; pero que también ellos puedan ser salvados.

El ministro de Dios no debe ser contencioso, dice la Palabra de Dios; y mi intención no es serlo en este artículo; pero creo que era necesario responder con mansedumbre, amor y con la Biblia nuestra perspectiva en cuanto a “la Responsabilidad de los Bautistas Reformados con sus hijos”

Que el Señor use este artículo, como dije al inicio para no descuidar el deber de evangelizar a nuestros hijos e hijas:

Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio, para que haga venir Jehová sobre Abraham lo que ha hablado acerca de él. (Gen 18:19)

Autor: Guillermo de Lama.


Artículo original:
La Responsabilidad de los Bautistas Reformados con sus Hijos


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