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[…] Esta posición difiere de la teología del pacto presbiteriano en que no considera los diversos pactos del Antiguo Testamento como administraciones del pacto de gracia. En cambio, debe reconocerse que la progresión de los pactos históricos fueron arreglos distintos diseñados para servir, prefigurar y establecer el pacto de gracia mediante la obra de Jesucristo. En otras palabras, el pacto de gracia que se prometió a lo largo del Antiguo Testamento no pudo haber dado fruto en el Nuevo Pacto hasta que el pacto de obras se cumpliera con la vida y la muerte de Jesucristo. De manera simple, el pacto Abrahámico prometió el evangelio, el pacto Mosaico explicó el costo del evangelio, y el Nuevo pacto estableció el evangelio.

Al entender la teología del pacto bautista, es importante notar que el evangelio es revelado en todo el Antiguo Testamento. Por ejemplo, el evangelio irrumpió en la narrativa histórica tan pronto como el pecado estableció la necesidad de un Mesías (Gn. 3:1-20). Aquí el evangelio estaba ligado a la “simiente” prometida. La esperanza de redención y reconciliación con Dios estaba ligada a la descendencia de la mujer.

Este evangelio fue prometido a Adán y Eva y luego nuevamente a Abraham. Dios le prometió a Abraham que, en su simiente física, todas las naciones del mundo serían bendecidas. La salvación vendría a través de la simiente de la mujer, y Dios le reveló a Abraham que la simiente prometida sería uno de sus descendientes personales.

Tanto Abraham como el resto del remanente creyente de Israel fueron salvados por la fe en la promesa. Fueron llevados al pacto de gracia solo después de que creyeron la promesa. Sin embargo, la promesa se basó en una estipulación, una estipulación que demandaba el establecimiento de la justicia perfecta. Sin el establecimiento de la justicia perfecta por la simiente de Abraham, no habría motivos para que los creyentes sean justificados solo por gracia. Para llevar la salvación a las naciones, esta simiente prometida tenía que cumplir con todas las demandas legales del pacto de obras (Gál. 3:13, 14; 4:4, 5). En esencia, la promesa del pacto Abrahámico fue que la simiente de Abraham guardaría la ley para traer la bendición de la salvación a las naciones.

Por consiguiente, esto significa que aunque el evangelio fue prometido incondicionalmente a Abraham, quien lo recibió por fe, aun así la simiente física de Abraham nació bajo la ley. Esto se debe a que el pacto abrahámico colocó una condición sobre los hijos físicos de Abraham, la circuncisión. Además, si esta condición no se cumpliera, los hijos de Abraham serían “cortados” y separados del pueblo de Dios.

Sin embargo, este requisito no era simplemente un corte de la carne, sino que implicaba un corte del corazón aún más profundo. La circuncisión requería obediencia del corazón, ya que simbolizaba la eliminación de la vieja naturaleza y la creación de un nuevo corazón.

Dios pasó a explicar la seriedad de la circuncisión al establecer el pacto Mosaico con la simiente física de Abraham. El pacto Mosaico explicaba más claramente lo que la circuncisión requería en la frase “haz esto y vive”. Como el Señor expresó muchos años después, la circuncisión requería la completa obediencia a la Ley de Moisés (Gál. 5:3). Por lo tanto, para que la simiente de Abraham conserve la condición y traiga la salvación a las naciones, la simiente física de Abraham tenía que obedecer completamente la ley moral de Dios desde el corazón.

Con esto en mente, Dios ya había prometido que la simiente de la mujer obedecería a Dios, y el pacto Abrahámico prometió que la simiente de la mujer sería descendiente de Abraham. Con el tiempo, el pacto davídico proporcionó luz adicional al plan de redención del pacto de Dios. La bendición profética de Jacob sobre Judá ya había eliminado a las otras once tribus de Israel como el progenitor de la simiente prometida, pero el pacto davídico especificó los orígenes del Mesías desde la tribu de Judá hasta la simiente de David.

Desde ese momento en adelante, la cabeza federal de la nación judía (el(los) rey(es) de Judá) fue responsable de cumplir el pacto en nombre de la nación. De lo contrario, ya no serían legalmente aptos para gobernar y representar al pueblo de Dios. Es decir, la obediencia requerida del pacto cayó sobre los hombros de un hombre.

Los hijos de Adán, Abraham y David nacieron todos bajo la maldición del pacto de obras. No había entre ellos un hombre que pudiera satisfacer las fuertes demandas de la ley. Sin embargo, a pesar de su fracaso, Dios permaneció fiel a su promesa, porque cuando toda la esperanza parecía estar perdida, nació un descendiente físico de Abraham y David que pudo mantener la condición del pacto de obras. La muy esperada simiente prometida finalmente había llegado con el nacimiento de Jesús. Al igual que su prójimo, el Señor nació de una mujer, bajo la ley. Sin embargo, a diferencia de su prójimo, Jesucristo guardó la ley en su totalidad y murió como un hombre justo. Al hacerlo, Cristo, el último Adán, estableció las bendiciones espirituales prefiguradas por los pactos Abrahámico, Mosaico y Davídico mediante el cumplimiento de lo que nunca pudo el primer Adán (y todos sus descendientes).

Como el creyente Abraham, aquellos que creen en esta simiente particular son justificados y contados entre la simiente espiritual de Abraham, a pesar de su fracaso en guardar la ley, y sin importar si están o no circuncidados físicamente. De esta manera, la gracia está abierta a todas las naciones, tanto a judíos como a gentiles. Porque no son los que nacen de la carne los que están unidos a Cristo (la única cabeza federal del pacto de gracia), sino los que han nacido del Espíritu.

Con esta estructura de pacto, solo los creyentes pertenecen y han pertenecido alguna vez al pacto de gracia. Sin embargo, es importante no perder el hecho de que aquellos que han nacido en la carne, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, todos han nacido en una relación de pacto con Dios. Sin embargo, esta relación de pacto es una de ley y obras. Como resultado, todos los que nacen de la carne, sean judíos, gentiles o hijos de un creyente, nacen bajo la condena del pacto de obras.

También es importante señalar que la nación judía, tras haber roto el pacto que Dios hizo con ellos, ha sido disuelta. Verdaderamente, este es el destino merecido por todos los que rompen pactos. En el Día del Juicio, Dios rechazará a todos los transgresores del pacto que permanezcan fuera de la unión salvífica con Cristo Jesús. Porque la única simiente física (persona) que ha cumplido los términos del pacto de obras tanto en sus condiciones como en sus penas es el Señor Jesucristo. Esta es la razón por la cual las bendiciones del pacto se encuentran solamente en Cristo.

Solamente Cristo es el cumplimiento de la simiente prometida de la mujer. Solamente Cristo es el cumplimiento del pacto Abrahámico. Solamente Cristo es el cumplimiento del pacto Mosaico. Solamente Cristo es el cumplimiento del pacto Davídico. Por lo tanto, solo estando espiritualmente unidos a Cristo por fe, cualquier persona (judío, gentil o hijo de ambos) puede convertirse en un verdadero miembro de la familia espiritual de Abraham, un heredero de la herencia prometida y, por lo tanto, un miembro del pacto de gracia.

Jeffrey D. Johnson

THE KINGDOM OF GOD:
A Baptist Expression of Covenant & Biblical Theology
(Introduction, Baptist Covenant Theology)


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Este artículo fue traducido por:
L. J. Torrealba

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