La Cena del Señor: Una Señal Pactual

«Y mientras comían, Jesús tomó pan y bendijo, y lo partió y les dio, diciendo: Tomad, esto es mi cuerpo. Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio; y bebieron de ella todos. Y les dijo: Esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada. De cierto os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo en el reino de Dios».
(Marcos 14:22-25)

Hay un único pacto, un solo Pacto de Gracia, anunciado y proclamado en Génesis 3:15, que salva a todos; y es Cristo quien lo lleva a cabo. Hay un solo Pacto de Gracia, y la sangre por ese pacto no fue derramada en Génesis, ni en Éxodo, ni en Levítico, ni en Números, ni en Deuteronomio, ni en los tiempos de Isaías o David; sino que fue derramada en la cruz. Cristo dice: «Esto es la sangre del nuevo pacto». Y así todos los demás pactos, aunque {fueron} muy importantes, no eran el Pacto de Gracia, sino más bien una continua proclamación de que el Pacto de Gracia, por el cual todas las personas que habrán de ser salvas son salvas, estaba llegando.

Y cada uno de esos pactos, todas las imágenes de la sangre de toros y machos cabríos y todas aquellas cosas apuntaban a la muerte de Jesús en la cruz.

Ahora bien, todos estamos de acuerdo —al menos como creyentes— en que solo la sangre de Jesús salva. Si piensas que la sangre derramada por alguno de los animales que Moisés mató va a salvarte, estás terriblemente equivocado. Todos estamos de acuerdo en que la sangre de Jesús es lo que salva. No obstante, lo que Jesús está diciendo es que en el Nuevo Pacto (es decir, el Pacto de Gracia) esa sangre es la garantía pactual. Así que Moisés nos da una imagen, una imagen preciosa que apunta a una realidad mayor {que estaba} por venir. Cuando leo Éxodo 24, pienso en la comunidad pactual de Dios, los creyentes del Antiguo Testamento.

Dios siempre ha tenido un único grupo de personas salvas por medio del Hijo de Dios para siempre, y fue tocante a este pueblo que el Dios trino hizo un acuerdo pactual, por el cual el Hijo traería para Dios un pueblo de toda nación, tribu y lengua.

Así que los creyentes del Antiguo y del Nuevo Testamento por igual son salvos por la sangre del {nuevo} pacto, que por supuesto es la sangre de Jesús. Ahora quizás podrías estar diciendo: —Estoy confundido con todo esto del pacto. ¿Qué es lo que estás diciendo? Aquí está la conclusión: El Nuevo Pacto o Pacto de Gracia fue llevado a cabo porque el Cordero de Dios derramó Su sangre.11

Seguimos ahora con el capítulo 13 de Hebreos, una bendición que a menudo usamos al final de los servicios {o cultos} del Día del Señor. El escritor de Hebreos concluye su carta de esta manera:

Y el Dios de paz, que resucitó de entre los muertos a Jesús nuestro Señor, el gran Pastor de las ovejas mediante la sangre del pacto eterno, os haga aptos en toda obra buena para hacer su voluntad, obrando Él en nosotros lo que es agradable delante de Él mediante Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

(Heb. 13:20-21, cursivas añadidas)

Ahora bien, podrías decir: —Bueno, todo eso es buena {argumentación} sistemática y puede que yo esté de acuerdo contigo, o puede que no, aunque me hace sentir bien que Dios esté haciendo esas cosas pactuales; sin embargo, ¿qué tiene eso que ver conmigo cuando me acerco a la Mesa?

Amigo, cuando te acercas a la Mesa y oyes que se leen las palabras de Jesús donde dijo: «Esto es mi sangre del nuevo pacto», estamos recibiendo de nuevo una Palabra visible. Cristo derramó Su sangre para salvarte, y vienes a la Mesa sin nada que ofrecer, excepto la necesidad de ser salvo, entonces dices: —Sí, Su sangre es lo que me salva.

No viniste sin ser salvo y luego fuiste salvo estando a la Mesa, sino que esta Mesa es un recordatorio para que hagamos memoria, una y otra vez hasta que estemos con Cristo, de que Su sangre es lo que necesitamos. Por eso cuando venimos {a la Cena} deberíamos hacerlo confesando, pero no solo confesando. No deberíamos venir a la Mesa solo confesando el pecado. Tenemos que examinarnos a nosotros mismos mediante las promesas pactuales de Dios. No tenemos derecho a beber el vino y comer el pan, que son señales tangibles de la promesa de Dios, a menos que las promesas de Dios sean verdaderas.

Debido a que lo son, esta es una cena de reafirmación pactual. Dios, una vez más, está reafirmándonos —en nuestras mentes y corazones— que el cuerpo de Cristo fue partido en nuestro lugar, y que la sangre de Cristo, sin la cual no hay remisión de pecado, fue derramada por aquellos que vienen con fe.

Así que esta Cena es una Palabra en forma visible, pero también es una cena de reafirmación pactual. Jesús dice: «Esto es mi sangre del nuevo pacto, que es derramada…» ¿Quién puede olvidar las palabras de Isaías en Isaías 53, al final de esa descripción del siervo sufriente, la frase que dice: «…porque derramó su alma hasta la muerte» (v. 12)? Jesús está diciendo: «Esto es mi sangre […] que es derramada por muchos».

[…]

Dios, el eterno Dios trino, que es fuerte para salvar, decretó desde toda la eternidad enviar al Hijo, plenamente Dios y plenamente hombre, quien —para la gloria de Dios— aceptó soportar la cruz. Cristo vivió una vida conforme al acuerdo pactual original entre Dios y el hombre: obedece a Dios y vive; desobedece a Dios y muere. Cristo fue el único que realmente hizo lo que Adán, el primer hombre que fue puesto como nuestro representante, se suponía que debía hacer. Fue a la cruz y, al morir, el Padre juzgó el pecado sobre Él por todos aquellos que confiarían en Él. Al hacer esto, Jesús fue levantado como el segundo Adán, nuestro representante; logrando lo que el primer Adán no logró.

Amigo, el evangelio es el mensaje de que Cristo, y solo Cristo, salva, pero esto requiere sangre. Todos merecemos la muerte. Eso es lo que Dios dijo al primer hombre, Adán: —Desobedece y morirás. Cristo obedeció y, aun así, recibió el castigo por aquel arreglo original en nuestro lugar. De manera que todos los que vienen a Cristo por medio de la fe —no por obras, sino por la fe— son salvos de este castigo original y de sus propios pecados. Y así como el Señor salva a Su pueblo, hasta que los trae a casa, también les da una señal de Su promesa. Esto lo hace para que oigan con sus oídos la predicación de la Palabra, y puedan ver con sus ojos la predicación de la Palabra en esta Cena que dice: la sangre de Cristo salva.

Una de las señales que Él ha dado es una Cena por la cual el pacto que Dios ha hecho, un pacto de gracia, un nuevo pacto en Su sangre, es reafirmado en nuestros corazones y mentes.

Así que, cuando nos acercamos a la Mesa, Dios nos está recordando de nuevo Su promesa pactual, y nosotros la estamos proclamando de nuevo, estamos concordando con esta: «Esto es mi sangre del nuevo pacto que por muchos es derramada». Esas palabras no deberían ser solo una frase que oímos siendo pronunciada por un predicador poco antes de beber unos sorbos de vino en un culto de adoración, porque es una promesa pactual para todos los que la reciben por medio de la fe.

— J. Ryan Davidson.
(Tomado del libro: Un Festín Pactual.
Reflexiones sobre la Cena del Señor, pp. 17 – 23).

11 Aunque los bautistas reformados y los presbiterianos reformados han usado históricamente la frase «Pacto de Gracia», {entre ellos} hay un desacuerdo sobre la sustancia de ese pacto. Comúnmente, los presbiterianos han sostenido que cada uno de los pactos bíblicos (el Abrahámico, el Mosaico, el Davídico, el Nuevo Pacto) eran, en cuanto a sustancia, el Pacto de Gracia; sin embargo, muchos bautistas particulares, a menudo llamados «bautistas reformados confesionales» hoy en día, también sostendrían que hay un Pacto de Gracia, pero que los pactos bíblicos no eran el Pacto de Gracia en cuanto a sustancia, sino más bien, lo revelaban «mediante pasos adicionales» hasta que este realmente llegó en/como el Nuevo Pacto. Por lo tanto, para ellos (entre quienes me incluyo), el Pacto de Gracia es igual al Nuevo Pacto y, en consecuencia, las señales del pacto no deben darse a personas que vengan con base en el vínculo familiar (es decir, los hijos, como era en el Pacto Abrahámico), sino solo a aquellos cuya inclusión en el pacto, cuya conexión con el {pacto}, es por la fe. Sin embargo, para nuestros propósitos aquí, tanto los bautistas confesionales (CBFL 1689) como los presbiterianos confesionales (CFW) estarían de acuerdo en considerar la Cena del Señor como un medio de gracia.


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