La Obra Federal de Cristo

Con el término federal[1], queremos decir que existía una unidad oficial entre el Mediador[2] y aquellos por los cuales mediaba, o dicho sencillamente, que hay una unión legal entre Cristo y su pueblo. “Cuando en el Antiguo Testamento se habla de los escogidos como aquellos con quienes Dios hace un pacto, son vistos como en Cristo y uno con él. El pacto con ellos no se hace sin ayuda ni aparte de Cristo. Esto lo enseña Gálatas 3:16: ‘A Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente’: esta simiente ‘es Cristo’. Los escogidos aquí (al igual que en 1 Cor. 12:12) son llamados ‘Cristo’ por la unión entre Cristo y los escogidos. De un modo similar, cuando se habla de Cristo, por ejemplo en Isaías 42:1-6, como la parte con quien el Padre pacta, los escogidos deben ser vistos como que están en él. Como unidos y unos con él, su sufrimiento expiatorio es considerado como el sufrimiento expiatorio de ellos: ‘Con Cristo estoy juntamente crucificado’ (Gál. 2:20)”.[3]

“Cristo no solo es el Sustituto sino también el Garante de su pueblo. El evangelio se basa en el hecho de que Adán y Cristo son la cabeza y representantes del pacto de sus respectivas familias. Por lo tanto, se les denomina ‘primer hombre’ y ‘segundo hombre’ (1 Cor. 15:47), como si no hubiera otros más que ellos, porque los hijos de cada uno dependían enteramente de los que eran su cabeza. En Adán todos mueren, en Cristo todos son resucitados (1 Cor. 15:22). El primer ‘todos’ incluye a cada ser humano, el último ‘todos’ es explicado por el apóstol como siendo ‘de Cristo’ (1 Cor. 15:23)”.[4]

Fue como la Cabeza de sus escogidos que Dios pactó con Cristo de modo que, en un sentido muy real, ese pacto fue hecho con ellos. Esto explica todos esos pasajes que hablan de que los santos son uno con Cristo, y como tal, fueron juntamente “crucificados” con Cristo” (Gál. 2:20), murieron “con Cristo” (Rom. 6:8), fueron “sepultados juntamente con él” como lo simboliza el bautismo bíblico (Rom. 6:4), fueron “resucitados” con él (Col. 2:12; Ef. 2:6), y los “hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús” (Ef. 2:6). Por consiguiente, eran legalmente uno con él y él con ellos en todo lo que hizo para obtener una satisfacción plena para con Dios. Acerca de este punto vitalmente importante, nada mejor que dar una sinopsis de la última sección del capítulo dos de la obra inapreciable de Hugh Martin:

“¿Cómo hemos de formular y establecer la relación que existe entre Cristo y los suyos, como Redentor y redimidos, a menos que nos basemos en la doctrina del Pacto[5]? Es evidente que tenemos que reconocer que alguna relación existe entre Cristo y aquellos por quienes muere, de otro modo es imposible concebir la idea de un sacrificio vicario[6]. La posibilidad de una expiación absoluta y real postula y requiere una unión entre el que expía y aquellos a cuya disposición está la expiación. Esto ni siquiera necesita ser comprobado. Y como hay una necesidad absoluta y obvia de alguna unión o relación, entonces nuestra búsqueda de la unión o relación que realmente existe, no puede terminar satisfactoriamente hasta no haber alcanzado y reconocido la unidad entre los pactantes. La misma razón que demanda una relación queda insatisfecha en tanto se logra esta relación”.[7]

No cumple con los requisitos del caso el referirse a la unión entre Cristo y su pueblo, la cual se efectúa en su regeneración por la obra del Espíritu Santo y por medio de la fe que es su don. Es cierto, esto es indispensable antes de que alguien pueda disfrutar algunas de las bendiciones del intercambio. Pero tuvo que haber una relación entre Cristo y su pueblo antes de rescatarlos. Tampoco cumple con los requisitos del caso haciendo una referencia a la Encarnación. Es cierto, el Redentor tiene que hacerse carne y sangre antes de poder redimir, no obstante, tiene que existir un lazo de unión más íntimo que el que Cristo tiene tanto con los salvos como con los no salvos. Él socorrió a la “descendencia de Abraham” (Heb. 2:16), ¡no a la “descendencia de Adán”! Ni es suficiente decir que la relación es la de garantía y sustitución, porque todavía es necesario responder a la pregunta: “¿Qué fue lo que hizo correcto y justo que el Hijo de Dios sufriera por otros, que el Santo fuera hecho pecado?” Es a este punto que el interrogante tiene que limitarse.

Cristo fue el Garante de su pueblo porque fue su Sustituto. Actuó para beneficio de ellos porque se puso en el lugar de ellos. La relación de un sustituto justifica la garantía, pero ¿qué justifica la sustitución? Hay una bisagra sobre la cual gira todo. Coincidimos totalmente con el Dr. Martin cuando dice: “No podemos obtener ninguna satisfacción en este punto, ninguna respuesta que sea suficiente para esta pregunta, y por ende, ninguna conclusión satisfactoria para toda nuestra línea de investigación, hasta que salga a luz la doctrina de la unidad del pacto eterno. Esta es la grandiosa relación fundamental. Esta es grandiosa unión principal entre el Redentor y los redimidos que vale y es responsable de todo lo demás con respecto a la relación que puede ser declarada como cierta. ‘Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos’ (Heb. 2:11)… Él es sustituido por nosotros, porque es uno con nosotros, se identifica con nosotros y nosotros con él”.[8]

Motivado por un amor infinito, Cristo como Dios-hombre aceptó libremente los términos del Pacto Eterno que se le propuso y voluntariamente asumió todas las obligaciones legales de su pueblo. Como su Cabeza, vino al mundo, vivió, sufrió y murió como su Representante vicario. Obedeció y sufrió como su Sustituto. Por su obediencia y sus sufrimientos, cumplió todas las obligaciones que eran de ellos. Sus sufrimientos remitieron la pena de la Ley, y su obediencia ameritó bendiciones infinitas para ellos. Romanos 5:12-19 afirma explícitamente que los escogidos de Dios son legalmente “hechos justos” precisamente sobre la base del mismo principio por el cual fueron en un principio “hechos pecadores”. “Nuestra unión con Cristo es del mismo orden e incluye la misma clase de efectos como la de nuestra unión con Adán. La llamamos tanto una unión federal como vital. Otros pueden llamarla como quieran, pero no obstante seguirá siendo cierto que es de tal naturaleza que involucra una identidad de relaciones legales, y obligaciones y derechos recíprocos”.[9] “Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos” (Rom. 5:19), “hechos justicia de Dios en él” (2 Cor. 5:21).

Hace más de mil años, Agustín[10] dijo: “Tal es la íntima relación de esta unión trascendental, que oímos las voces de los miembros sufriendo cuando sufrieron en su Cabeza y clamaron a través de la Cabeza en la cruz: ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado’ (Mat. 27:46). Y similarmente, escuchamos la voz de la Cabeza sufriendo cuando sufrió en sus miembros y clamó a gran voz a su perseguidor camino a Damasco: ‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?’ (Hech. 9:4)”.

La relación federal de Cristo con su pueblo fue real, en base a ella el Dios infalible consideró justo castigar a Cristo por los pecados de su pueblo y acreditarles a ellos su justicia, y de esta manera satisfacer completamente todas las demandas de la Ley que había sobre ellos. Como resultado de esa unión, Cristo era en todas las cosas “semejante a sus hermanos” (Heb. 2:17), siendo “contado con los pecadores” (Isa.53:12). Ellos a su vez son “miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos” (Ef. 5:30). En consecuencia de esta unión federal, Cristo es “espíritu vivificante”[11] (1 Cor 15:45), de modo que, a su tiempo, cada integrante de su pueblo pasa a ser un miembro viviente y vital del cuerpo espiritual del cual él es la Cabeza (Ef. 1:19-23).

Por lo tanto, la relación entre Cristo y aquellos que se benefician de su Expiación no fue algo impreciso, indefinido, casual, sino que consistió de una verdadera unidad por el pacto, una identidad legal, una unión vital. La garantía lo presupone. La sustitución estricta lo demanda. La imputación real procede en base a ella. El castigo que Cristo sufrió no podía serle infligido de otra manera. Aquellos para quienes se cumplió la Satisfacción, por necesidad inevitable, comparten sus beneficios y reciben lo que fue adquirido para ellos. Esto de por sí contesta la objeción de la injusticia del sufrimiento del Inocente por el culpable, porque solo ello explica la transferencia de los sufrimientos y méritos de Cristo a favor de los redimidos.

– Arthur W. Pink (1886 – 1952)
Studies in the Scriptures (Estudios de las Escrituras),
reimpreso y disponible en Chapel Library.


NOTAS AL FINAL

[1] federal – representante legal.

[2] Mediador – un intermediario: “Plugo a Dios en su propósito eterno, escoger y ordenar al Señor Jesús, su Hijo unigénito, según el Pacto entre ambos, ser el Mediador entre Dios y el Hombre; el Profeta, Sacerdote y Rey; Cabeza y Salvador de su iglesia, heredero de todas las cosas y juez del mundo: A quien desde toda la eternidad dio un pueblo para ser su semilla, y a su tiempo, por medio de él ser redimido, llamado, justificado, santificado y glorificado. (Segunda Confesión Bautista de Londres, 8.1 [es traducción para esta obra])

[3] William Greenough Thayer Shedd (1820-1894), Dogmatic Theology, Tomo 2 (New York, NY, Scribner’s Sons, 1891), 361.

[4] James Haldane (1768-1851), The Doctrine of Atonement (William Whyte & Co., 1845).

[5] Además habiéndose puesto el hombre bajo la maldición de la Ley por su caída, plugo al Señor hacer un Pacto de Gracia por el cual ofrece gratuitamente vida y salvación a los pecadores, por medio de Jesucristo, requiriendo de ellos fe en él, a fin de que sean salvos; y prometiendo dar su Espíritu Santo a todos los que han sido ordenados para vida eterna, para hacerlos dispuestos y capaces de creer. (Segunda Confesión Bautista de Londres 7.3 [es traducción para esta obra]).

[6] vicario – sufrido por una persona en sustitución de otra.

[7] Hugh Martin (1822-1885), The Atonement: In Its Relations to the Covenant, the Priesthood, the Intercession of Our Lord (London: James Nisbet, 1870), 30.

[8] Martin, Atonement, 35.

[9] Archibald Alexander Hodge (1823-1886), The Atonement (Philadelphia, Penn.: Presbyterian Board of Publication, 1867), 205.

[10] Agustín Aurelio, Obispo de Hipona (354-430) – teólogo de la iglesia primitiva considerado por algunos como el padre de la teología ortodoxa; nacido en Tagaste, África del Norte.

[11] vivificante – que da vida.

Artículo tomado de:
EL EVANGELIO DE LA GRACIA DE DIOS – Chapel Library.

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